La bóveda de la pileta
Pedro tenía 10 años cuando finalmente pudo inaugurar su ansiada pileta. Todo eran expectativas en el barrio. Habían tardado dos años en construirla. Dos veranos enteros viendo como los chicos de su edad iban a clubes para poder tirarse de bomba, porque de cabeza estaba terminante prohibido hasta los quince.
Dos años para una simple pileta parecía una exageración absurda, así que los rumores no tardaron en propagarse. El más oscuro decía que habían tardado tanto porque abajo habían construido una bóveda especial donde guardaban los cuerpos de todos los niños que habían desaparecido en los últimos años en el barrio, pero el que corría con más fuerza era que dentro de la bóveda (que allí había una bóveda era algo que nadie ponía en duda) estaban los lingotes de oro que ya no entraban en la caja fuerte de la mansión.
La incertidumbre de Pedro era total. Había exigido a sus adinerados padres una pileta para así ganar popularidad con los chicos de su edad, a los que les encantaría poder decirles “amigos”.
Puso carteles en toda la cuadra y hasta contrató una flota de repartidores de volantes para que casa por casa todos sus vecinos supieran de la inminente inauguración, incluso contrató al mejor catering de la ciudad.
Era todo demasiado, pero para Pedro lo único que importaba era conseguir nuevos amigos. El dinero no era un problema.
Llegó el día y Pedro se moría de nervios. En un último manotazo de ahogado contrató un laberinto inflable gigante. De esos en los que los niños entran y pueden pasar semanas sin encontrar la salida.
Pasaron los primeros minutos y mientras se ponía la malla le preguntó a la madre que miraba la pileta por la ventana:
Pedro:¿Ya llegó alguien?
Madre: Todavía no
Pedro: ¿Y ahora?
Madre: Todavía no
Pedro: ¿Y… ahora?
Madre: Ya deben estar por llegar.
El dolor lo inundó. Él solo quería amigos. ¿Cuánto podría costar conseguir un par? Sus padres no le podían decir que no a nada, incluso contrataron un par de niños actores para que hicieran bulto, para que el niño se sintiera popular.
Al llegar los pequeños artistas, Pedro explotó de alegría. Si sospechaba que eran pagos, no lo demostró en absoluto. Con el paso de las horas, los tímidos vecinos se fueron acercando con su malla y toalla sin dejar de mirar la pileta con enorme desconfianza.
Pedro estaba convencido de que la sorpresa final haría que todos y cada uno de los niños del barrio quisieran ser su amigo. Sus padres no estaban tan seguros pero lo que más les preocupaba era que los actores sobreactuaran o se delataran frente a su hijo.
Luego de que todos comieran sanguchitos de miga y bebieran toda la gaseosa del mundo, había llegado la hora de meterse en la pileta de una buena vez. El clima ayudaba, el sol estaba empezando a picar. Sin embargo, Pedro sintió una punzada de decepción cuando los padres del primer grupito de niños, los actores, pasaron a buscarlos.
A pesar de que los dueños de casa les ofrecieron un dineral, el sindicato no les permitía trabajar más de cierta cantidad de horas. Un pequeño inconveniente que ni todo el dinero del mundo pudo resolver.
Pedro temía el efecto dominó típico de las fiestas: Se va uno, se van todos. Así que dio la señal para el acto final.
El padre apretó un botón y de la pileta (aún vacía de niños) salió una especie de Godzilla, de goma, de unos 3 o 4 metros, que de la boca, salían chorros y chorros de agua simulando disparos.
Los niños gritaron con alegría y se escondieron dentro del laberinto inflable. En ese inflable estaban todos los niños del barrio, planeando cómo derrotar al Godzilla. Uno tomó la batuta y se puso a dar órdenes:
Niño 1-Vos para allá, vos lo rodeas, vos sos el señuelo y cuando doy la orden atacamos todos al mismo tiempo.
Todos los niños asintieron sin dudarlo. Fue entonces cuando Pedro preguntó tímidamente:
Pedro: ¿Con qué lo vamos a atacar? Mide como 10 metros
Niño 1: Es un Godzilla, espera que le tengamos miedo. Bueno, eso se acabó hoy. Lo vamos a rodear y vamos a tirarnosles arriba. Todos.
Niños a coro: Siiiiiiiiiiii
Niño 1: ¿Todos tienen sus mallas?
Niños a coro: Siiiiiii
Niño 1: Cuando de la señal, todos en bomba. Nada de tirarnos de cabeza hasta los quince
El general dio la señal y los veinte niños rodearon a Godzilla y se le tiraron encima como si la supervivencia de la humanidad dependiera de ello. El monstruo logró derribar a un par de soldados antes de ser vencido y enviado nuevamente a su bóveda para las reparaciones correspondientes.
Estaría listo para el próximo cumpleaños de Pedro.
Los chicos también.
DARIO BESADA
11/06/2026
EDAD: 43 AÑOS

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