Entradas

Las joyas no destiñen

Seguía lloviendo. Meses y meses de lluvia incesante. Los vendedores de paraguas habían tenido su veranito... varias veces. De hecho, se habían quedado sin stock, como nunca antes había sucedido. La gente acomodada, compró en cantidad, por las dudas. Parecía lógico. Si la lluvia no se iba a detener, los paraguas eran fundamentales para la vida cotidiana. Lucas, uno de esos acaudalados, necesitaba diferenciarse, entonces había mandado a hacer unos especiales, caros. De diversos colores y formas. No le importaba pagar un dineral por ellos, tenían que ser únicos, para que la gente que lo vea se diese cuenta instantáneamente que él no era uno más del montón.

Se contactó con varios vendedores, y se quedó con el que le prometió los paraguas más maravillosos y especiales que el dinero pudiese pagar. La primera tanda había sido decepcionante. Los colores se desteñían cuando el agua los golpeaba. El vendedor se excusó diciendo que el agua de esta lluvia era especial, y que contenía cierto ácido…

Hay un topo entre nosotros

Leyó la carta una vez más y la rompió en mil pedazos. Luego largó un grito que venía conteniendo hacía varios un días. Uno lleno de furia e impotencia. Lo estaban extorsionando. Justo a él. Al tipo más poderoso del país. Y estaba atado de pies y manos, iba a tener que ceder. Hacía varios días que alguien estaba filtrando información sensible sobre diversos ministros. Información veraz que los hizo a renunciar. Uno por uno. La carta básicamente decía que si no renunciaba a la presidencia en dos semanas, sacarían a la luz sus propios chanchullos. Era la cuarta carta en las últimas dos semanas, la primera con este ultimátum.
Era un presidente corrupto. Como casi todos. Pero quizás era el presidente menos corrupto de los últimos treinta años. Podría haber saqueado el estado, como tantos otros, pero solo había agarrado un vueltito de acá, y otro de allá, como para tener una jubilación a la altura de lo que él esperaba. Después de todo, le había dedicado diez años a su país, relegando a su…

Críticas

Pasó al siguiente cuento. El anterior no le había gustado. Esto de calificar en forma anónima le sentaba bien. Podía expresar lo que pensaba sin sentir remordimientos reales. Él sólo marcaba cuantas estrellas consideraba que iban y ya. Entre una y cinco. El mínimo que ponía eran tres. Si alguno no daba la talla, no lo calificaba, después de todo alguien lo había escrito y un dos quizás dañase severamente el promedio.

Se había pasado todo el día leyendo cuentos. Estaba fascinado con algunos y horrorizado con otros. Publicó uno de los suyos en uno de los concursos disponibles y esperó. Creía que era un gran cuento, y esperaba que en los próximos minutos alguien lo leyese y dejase algún comentario con felicitaciones. Era todo lo que quería. Que la gente lo lea, le guste y lo felicite. El resultado del concurso con los ganadores se definiría en varios meses, pero no le importaba, quería las felicitaciones.

Pasaron unos minutos y llegó el primer comentario. Negativo. Muy negativo. Lo reley…

El Mágico

Goooooool!!!! El Mágico lo había conseguido de nuevo. Saltó más que nadie para impactar esa pelota con un frentazo brutal y colocarla junto al palo. Los espectadores estaban fuera de sí. Se abrazaban, gritaban y bailaban. No sabían que hacer ni como agradecerle a ese muchacho por todo lo que había hecho y estaba haciendo por su humilde club.

Los hinchas lo idolatraban. Era ese tipo de fanatismo irracional, que cuando intentas explicárselo a alguien, no tiene lógica ni sentido. Lo amaban. Había puesto el 1-1 luego de un tiro de esquina. Se había elevado como un dios. Incluso para algunos de los fanáticos más radicales había levitado, o flotado, o algo de eso. Si, no podía ser, pero lo juraban y lo juraban. Saltó, flotó, esperó que le llegue la bocha y cabeceó lejos del arquero. Esa pasión no admitía discusión alguna.

El partido ahora estaba 1-1, aún les faltaba un gol para lograr el ansiado campeonato. Sería algo histórico. Un club de barrio, como Yapeyú, peleando, mano a mano, contra …

Tarde de confesiones

Subió al taxi y le indicó la dirección al chófer. El auto arrancó mientras ella revisaba el celular, al cual le quedaba casi nada de batería. Se le apagó antes de poder revisar algún mensaje. Bufó sonoramente y lo guardó en la cartera. En eso observó una especie de bolsillo en el respaldo del asiento del acompañante, que se titulaba: "Taxi Cuentos"

Le consultó al joven que manejaba si los cuentos eran de su autoría, y se puso a leerlos al recibir una respuesta afirmativa. El primero le gustó. Sencillo. Corto. Ágil. El segundo no tanto. Era sobre un tema que no le interesaba. El tercero le encantó, y el cuarto la enamoró.

Se encontró ahí, arriba de ese auto, manejado por ese completo extraño, que con un par de cuentos la había impactado de una manera totalmente inesperada. Sentía que tenía algo así como palpitaciones, mientras seguía devorando los cuentos como si fuesen manies. Al llegar al último, se quedó mirando ese punto final, que le indicaba el fin del cuento y el de to…

Un Papel Arrugado

Hacía frío. Mucho. Caminaba apurado, como si eso lo hiciese entrar en calor. Estaba más que abrigado. Se había tirado encima todo lo que encontró en su armario. Repasaba mentalmente las cuentas que tenía que pagar ese día. Según sus cálculos, no llegaría a fin de mes en condiciones dignas. Los últimos días, debería comer arroz y fideos para estirar el sueldo.

Al pasar por una tienda donde había una tele enorme, que estaba fuera de su alcance económico, titubeó y siguió de largo. De pronto, se paró en seco como pensando. Como haciendo alguna cuenta mental, o repasando una lista. Dio media vuelta y volvió a la tienda, donde estaba esa tele de dimensiones absurdas. Sacó un papel, arrugado, de su gastado jean y miró nuevamente la tele. La observó unos segundos, y volvió al papel. y luego a la tele. Así unas quince veces. La gente se lo llevaba por delante. Esa vereda no estaba pensada para que un tipo se ponga a ver tele. Las quejas y los insultos no tardaron en llegar. Estaba molestando …