Una derrota difícil de digerir



Entré a su casa y vi el trofeo en la vitrina.

Me dio mucha bronca.

No es que tuviera una colección de trofeos. Tenía ese. Uno solo. Como si hubiera organizado toda la decoración del living para que yo lo viera apenas entrara.

No sé para qué fui a su casa. Tampoco sé para qué me invitó. Vale aclarar que el tipo tiene algo magnético, hipnotizante. Debe haber usado sus encantos para que yo no pudiera rechazar la invitación. Es la única explicación razonable.

No siempre me había caído mal. Cuando éramos adolescentes no éramos íntimos amigos, pero teníamos cierta cercanía. Él tenía algo raro, eso era indiscutible. Su figura descarnada contrastaba con la mía, producto de años de entrenamiento estricto. Mis brazos, fuertes y venosos, parecían pertenecer a otra especie comparados con los suyos, completamente flácidos.

Sin embargo, tenía un éxito arrollador con las mujeres. Sus conquistas despertaban la envidia de todos, incluyéndome. Nunca entendí qué corno le veían. Yo tenía músculos, disciplina y una proyección de futuro. Él parecía recién salido de una enfermedad prolongada.

El hecho que desencadenó mi desprecio definitivo ocurrió durante el torneo colegial de pulseada, en el gimnasio de la escuela.

Para mí era una oportunidad inmejorable de impresionar a las chicas. No había en todo el colegio un rival a mi altura. Tenía un cuerpo muy trabajado y soñaba con anotarme algún día en un torneo de fisiculturismo. La pulseada era apenas un trámite antes de mi consagración.

Fui pasando las rondas sin mayores sobresaltos hasta que llegué a la final.

Mi rival era él.

Al principio pensé que se trataba de un error. No podía entender cómo alguien con esos brazos de fideo había superado todas las eliminatorias. Pero, en fin, tampoco era problema mío. Yo había llegado hasta ahí para ganar, no para cuestionar el sistema de clasificación.

Me senté frente a él y apoyé el codo sobre la mesa.

Por un instante recordé un programa de televisión en el que competían en pulseadas y algunos participantes, en el fragor de la batalla, terminaban con los brazos quebrados. No quería lesionarlo de por vida. Solo quería ganarle.

Aunque, pensándolo bien, podía hacer algo mucho mejor.

Podía fingir que me estaba ganando. Dejar que me llevara al límite, poner cara de sufrimiento, hacerle creer que estaba a punto de derrotarme y, cuando ya saboreara la victoria, revertir la situación con un último esfuerzo heroico. Entonces levantaría el trofeo, transpirado, exhausto, con los músculos marcados por la tensión. Alguna chica suspiraría. Otra se enamoraría. Tal vez ambas.

Era un plan impecable.

Nos agarramos de las manos. El juez dio la señal.

Y un instante después, mi mano estaba contra la mesa.

Eso fue todo.

No hubo resistencia, ni forcejeo, ni siquiera una mínima expresión de esfuerzo por parte de mi contrincante. Fue tan rápido que tardé unos segundos en comprender que había perdido.

Me había derrotado en un microsegundo.

Delante de todo el colegio.

Sin despeinarse.

El tipo que parecía incapaz de levantar una bolsa de las compras acababa de humillarme frente a todo el colegio.

Volví a casa derrotado. ¿Para qué tenía ese cuerpo? ¿Para qué me había esforzado tanto? ¿De qué servían mis músculos si un tipo pálido, desgarbado y sin una pizca de masa muscular podía vencerme sin siquiera transpirar?

De camino a casa pasé por un puesto de revistas. Me detuve a chusmear algunas, buscando una sopa de letras para entretenerme esa noche, cuando una tapa llamó mi atención.

¿QUÉ TAN PROBABLE ES QUE TU VECINO SEA UN VAMPIRO?

Esas revistas suelen publicar cualquier delirio. Una semana te advierten sobre los extraterrestres que viven entre nosotros y a la siguiente te enseñan a reconocer si tu perro es capaz de predecir la muerte. Pero lo del vampiro me quedó picando.

¿Y si el tipo era un vampiro?

Pálido, desgarbado, fuerte, veloz, magnético. Todo encajaba. De repente, la derrota adquiría sentido. Yo no había perdido contra un flacucho. Había perdido contra una criatura sobrenatural.

Me convencí de que esa era la explicación.

Primero tenía que demostrar que era un vampiro. Después, revisar el reglamento del torneo. Seguramente los vampiros estaban prohibidos. O tal vez existía una categoría especial para que compitieran entre ellos. No podía ser que uno de esos tipos se presentara a una competencia escolar en igualdad de condiciones con el resto de los mortales.

Esa noche investigué cómo reconocer a un vampiro.

Lo primero que encontré fue lo de la estaca de madera.

Me pareció un montón. Una cosa era demostrar que el tipo hacía trampa y otra muy distinta era clavarle una estaca en el corazón. Además, ¿dónde se consigue una estaca de madera para matar vampiros? ¿En una ferretería? ¿Hay que pedirla por encargo? ¿El ferretero te hace preguntas?

Descarté esa opción.

Seguí investigando y descubrí que los vampiros tenían problemas con el ajo.

¿Ajo?

¿En serio?

Entiendo que alguien pueda tenerle miedo a una serpiente, al fuego o a una caída desde un décimo piso. Pero ¿al ajo? Comprendo que no te guste. A mí tampoco me vuelve loco. Pero de ahí a que sea tu punto débil hay una distancia considerable.

Y si hablamos de alimentos desagradables, hay cosas mucho peores. Los palmitos, por ejemplo. Las pasas de uva. Las tajadas. La ananá en la pizza. Si un vampiro fuera vulnerable a cualquiera de esas cosas, podría entenderlo.

Pero el ajo me pareció una alternativa accesible. Así que fui a la verdulería.

Mientras esperaba mi turno, me puse a pensar cuántos ajos necesitaría para derrotar a un vampiro. ¿Uno? ¿Cinco? ¿Había que arrojárselos o tenía que conseguir que se los comiera? ¿Servía el ajo picado? ¿Y si estaba cocido?

No quise arriesgarme. Le pedí cinco.

El verdulero me miró con cierta extrañeza. No sé si estaba instruido en el tema, pero tampoco me pareció prudente consultárselo. Agarré los ajos, pagué y me fui a enfrentar a mi enemigo.

Cuando lo tuve delante, me empezó a temblar todo el cuerpo. Había imaginado ese momento varias veces, pero nunca había considerado la posibilidad de que el vampiro me estuviera mirando a los ojos mientras yo sostenía cinco ajos como un idiota.

Saqué uno y se lo tiré.

No sé si alcanzó a reconocerlo como un ajo o si pensó que le estaba arrojando una piedra. Lo cierto es que lo esquivó.

Me quedaban cuatro.

Él me miraba perplejo, sin entender qué estaba pasando. Yo, en cambio, interpreté su reacción como una señal inequívoca de que había descubierto mis intenciones.

La furia me invadió.

Le tiré los cuatro ajos restantes, uno detrás de otro.

Erré todos.

Cuando quise seguir atacándolo, descubrí que no me quedaban más. Tendría que haber comprado cinco adicionales. O diez. No había calculado bien la cantidad de municiones.

Él me miró con desprecio y se alejó.

Yo me quedé ahí, humillado por segunda vez en menos de veinticuatro horas, rodeado de una teoría absurda y sin un solo ajo que respaldara mi investigación.

Con el paso de las horas, la hipótesis del vampiro empezó a parecerme cada vez más ridícula. Quizá el tipo simplemente era fuerte. Quizá existían personas capaces de hacer cosas que yo no podía. Quizá había perdido porque, por una vez en mi vida, alguien había sido mejor que yo.

No me gustó ninguna de esas explicaciones.

Después del Ajo Gate nunca pudimos recomponer nuestra relación. Terminamos el secundario y no volvimos a vernos hasta hoy.

Y ahora estaba yo, casi treinta años después, en el living de su casa, mirando el trofeo.

Él lo exhibía orgulloso en la vitrina. No había tenido la delicadeza de esconderlo, ni siquiera por una noche. Encima, todos estábamos cerca de los cincuenta y el muy desgraciado se había mantenido en formol. Parecía Tom Cruise o alguno de esos actores de Hollywood que tienen sesenta años y aparentan veinticinco.

Yo, en cambio, había tenido que luchar contra la gravedad, la genética y una rodilla que crujía cada vez que subía una escalera.

Durante la cena comprobé que nada había cambiado. Todas las mujeres de la reunión estaban rendidas ante su carisma. Él hablaba y ellas reían. Él hacía una observación insignificante y ellas lo miraban como si acabara de revelar un secreto del universo.

Era todo muy irritante.

La cena, eso sí, estuvo deliciosa. Tuvo el buen gusto de servir un plato extraordinario, aunque supongo que hasta eso debía de formar parte de su estrategia para humillarme.

Cuando terminamos, pedí permiso para ir al baño. Aproveché la ocasión para acercarme a la vitrina y contemplar el trofeo de cerca.

Era más pequeño de lo que recordaba. O tal vez yo había crecido. No importaba. Ahí estaba, con su base de madera y su pequeña figura dorada, recordándome que el universo había cometido una injusticia y que nadie se había molestado en corregirla.

Lo observé durante unos segundos.

Podía robármelo.

La idea apareció con una naturalidad alarmante. Bastaba con agarrarlo y salir corriendo. O esconderlo entre la ropa y esperar a que terminara la reunión. Quizá podía llevármelo a casa, guardarlo en un cajón y experimentar, por primera vez en décadas, la tranquilidad de saber que él ya no lo tenía.

Era una estupidez, por supuesto. Un trofeo escolar no valía nada. Pero ese trofeo era mío. O tendría que haberlo sido.

Me acerqué un poco más.

Entonces escuché un ruido a mis espaldas.

Levanté la vista. Sobre la vitrina había un espejo que me devolvía únicamente mi propia imagen.

Volví a mirar el trofeo.

Sentí un mordisco limpio y profundo en el cuello.

Una gota de sangre resbaló por mi piel y cayó al suelo.

En el instante en que tocó el piso, algo cambió.

Una oleada de sensaciones me atravesó el cuerpo. Todo parecía más intenso: los sonidos, los olores, la temperatura del aire. Sentí una euforia desconocida, una energía que no provenía de los músculos ni del entrenamiento, sino de algo mucho más profundo. Por primera vez en mi vida, tuve la certeza de que podía hacer cualquier cosa.

Cualquier cosa.

Incluso...

Me di vuelta.

Lo vi frente a mí, con la boca abierta y los colmillos manchados con mi sangre.

Antes de que pudiera reaccionar, le dije:

—Quiero la revancha 


DARIO BESADA

44 AÑOS

28/10/2026

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