El pequeño bandido
Mi primera novela estaba terminada. Después de años de esfuerzo y dedicación, la historia del gato detective finalmente iba a llegar a todas las librerías del país. Había intentado escribir una obra profunda, llena de capas interpretativas, de esas que obsesionan a los críticos literarios, pero terminé inclinándome por la literatura infantil, un género mucho más acorde al nivel de mi escritura. El Detectigato —como esperaba que lo bautizaran las redes sociales— vivía cientos de aventuras y resolvía crímenes con una mezcla de torpeza y obesidad que yo consideraba encantadora. Imaginaba niños fanatizados, mochilas con su cara, tazas, dibujos animados. Bueno, nada de eso sucedió. Las primeras reseñas fueron tan despiadadas que la editorial me envió los cinco mil ejemplares directamente a mi casa para que yo mismo los vendiera. Se lavaron las manos con una elegancia espantosa. Estoy convencido de que, si hubiera sido legal, le habrían arrancado el sello editorial a cada libro con una...