Un faltante imperdonable





Vendida!

Manuel escuchó a la agente inmobiliaria y entró en pánico. Su familia había puesto en venta la casa hacía muchos años y, como no lograban venderla, él se la había apropiado. Había construido un sótano donde tenía enterradas a todas sus víctimas. Y ahora todo eso saldría a la luz en cuanto los nuevos dueños revisaran el sótano.

El olor era insoportable. Había pensado en ir mudando a sus víctimas a un bosque cercano, lejos de ojos chismosos y narices sensibles, pero creyó tener más tiempo. No entendía cómo habían vendido la casa si ni siquiera la habían mostrado a ningún interesado.

El pequeño cementerio de ese sótano contaba con muertos muy heterogéneos. Había católicos, judíos, nazis, comunistas, evangelistas, astrólogos, youtubers, hippies y hasta algún que otro enano. Su bien más preciado era un amuleto que le había robado a su primera víctima: un hada de madera, a la que solía pedirle muchas cosas, como si fuera capaz de concederle sus deseos más oscuros.

Agarró el hada con ambas manos, estiró los brazos sobre su cabeza y exclamó:

—Necesito una semana más. Oh, tú, hada que todo lo consigues, concédeme una semana más para desmantelar este pequeño refugio.

Puede que el hada tuviera algún poder real, o tal vez no, pero la venta se postergó. Al enterarse de la buena nueva, Manuel revisó la lista de sus víctimas y notó que no había nadie del gremio de los bienes raíces. Un faltante imperdonable. Una nueva víctima, un nuevo entierro.

Las preguntas sobre esa muerte no tardarían en salpicarlo, así que debía desmantelar el sótano antes de que la policía lo interrogara una vez más. Por la madrugada logró transportar algunos cuerpos al bosque sin despertar sospechas, pero cavar y enterrarlos de nuevo le parecía agotador. Descubrió que trasladar cadáveres era mucho más difícil de lo que mostraban las películas, especialmente los altos. Los enanos, en cambio, resultaban sorprendentemente prácticos. Encima eran un montón. Su pequeño hobby se le había descontrolado por completo.

Cierto día, la familia le avisó que, ya que no podían vender la casa por los medios tradicionales, la iban a rematar al mejor postor. No iba a tener tiempo de trasladar al centenar de cuerpos que le faltaban, pero tal vez, si la oferta era muy baja, incluso él podría comprarla y que fuera suya para siempre. Había vendido casi todas las pertenencias de sus víctimas y con eso había juntado una suma digna para una subasta que a nadie le interesara. Le volvió a pedir al hada que lo ayudara una última vez, pero la primera oferta de la subasta fue de una constructora que pensaba levantar en ese terreno un rascacielos y un centro comercial. No había manera de competir contra eso. Ahora estaba realmente contra las cuerdas.

En un ataque de furia, tiró el hada contra la pared. De pronto, escuchó una voz. Una sola palabra, susurrada con voz seca y antigua. Pensó que se había vuelto loco, pero la oyó una y otra vez...

Fue al centro del pueblo para comprar todo lo necesario para cumplirle el deseo al hada. Tal vez era la solución a todos sus problemas. El día de la entrega, roció la casa con la gasolina que había comprado y la prendió fuego.

Frente al incendio se congregó gente de lo más heterogénea: nazis, comunistas, evangelistas, youtubers, hippies y hasta algún que otro enano. Manuel los miraba, ansioso por empezar una nueva colección. El hada le seguía susurrándole al oído, una y otra vez:

—Quémalos.


DARIO BESADA

12/05/2026

43 AÑOS

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