El pequeño bandido

 Mi primera novela estaba terminada. Después de años de esfuerzo y dedicación, la historia del gato detective finalmente iba a llegar a todas las librerías del país. Había intentado escribir una obra profunda, llena de capas interpretativas, de esas que obsesionan a los críticos literarios, pero terminé inclinándome por la literatura infantil, un género mucho más acorde al nivel de mi escritura.

El Detectigato —como esperaba que lo bautizaran las redes sociales— vivía cientos de aventuras y resolvía crímenes con una mezcla de torpeza y obesidad que yo consideraba encantadora. Imaginaba niños fanatizados, mochilas con su cara, tazas, dibujos animados. Bueno, nada de eso sucedió.

Las primeras reseñas fueron tan despiadadas que la editorial me envió los cinco mil ejemplares directamente a mi casa para que yo mismo los vendiera. Se lavaron las manos con una elegancia espantosa. Estoy convencido de que, si hubiera sido legal, le habrían arrancado el sello editorial a cada libro con una trincheta.

La fantasía de convertirme en escritor exitoso se redujo entonces a cargar cajas en el baúl de mi viejo auto de tres puertas, un cacharro tan antiguo que tenía más años que kilómetros recorridos. Mi plan era simple: recorrer librerías ofreciendo ejemplares en consignación y, con suerte, cambiar el auto cuando llegara el éxito.

El problema era que el éxito parecía esquivarme con una precisión sobrenatural.

Muchos libreros reconocían la tapa y reaccionaban como si les hubiera mostrado una radiografía preocupante. Con el tiempo aprendí a leer las caras. La de "no, gracias" era fácil. La de "por favor retírese" también. Uno, juro, fingió un llamado telefónico.

En una de esas librerías, mientras acomodaba los libros en el auto, uno de los ejemplares cayó a la vereda. Cuando me agaché para levantarlo, ya no estaba.

Alcé la vista confundido y vi a un niño de unos ocho años alejándose hacia la esquina con el libro apretado contra el pecho.

En ese momento pensé que alguien me había hecho una makumba. No solo no lograba vender un miserable ejemplar: además me los robaban. Y encima niños. Mi público objetivo, en lugar de leer, estaba delinquiendo.

Me enfurecí y salí corriendo detrás de él.

La persecución duró aproximadamente veinte metros.

Después de eso sentí una puñalada en el estómago y tuve que detenerme, inclinado sobre mis rodillas, al borde del colapso. Por algo era escritor y no atleta olímpico. Vi cómo el chico desaparecía en la esquina mientras yo intentaba seguir respirando.

Derrotado, volví al auto con el pulso temblando. Saqué una pequeña libreta donde pensaba registrar mis ventas y escribí con rabia:

1 — Robado.

Apenas guardé la libreta, alguien me tocó el hombro.

Me di vuelta sobresaltado.

Era el niño con el libro en sus manos y la mirada fija en el piso, como si estuviera en penitencia.

A su lado había un hombre elegante, de traje gris y expresión agotada.

El padre me pidió disculpas. Dijo que le avergonzaba profundamente que su hijo robara libros, sobre todo libros que, según él, eran una auténtica basura.

El comentario me golpeó con una violencia inesperada.

Estaba a punto de defender mi obra cuando el hombre continuó hablando.

Me dijo que su hijo tenía la costumbre de robar libros horribles.

Y que todos, tarde o temprano, terminaban siendo un éxito de ventas. Sin excepción.

Mi orgullo no podía dejar pasar semejante insulto y le pregunté:

--¿Está insinuando que mi novela es horrible?


El hombre me miró unos segundos y luego contestó:

--Tan horrible como para ser un best seller, sí


Entonces sonrió, extendió la mano y se presentó.

Era el editor más prestigioso del planeta.

Tres semanas después me compré el auto de mis sueños.

Tal como había predicho el padre del pequeño bandido, la novela fue un éxito absoluto. Gracias a su distribución los ejemplares se agotaron en apenas unos días.

Bueno, para ser honestos, no todos.

El primero, en realidad, me lo robaron.


DARIO BESADA

43 AÑOS

25/05/2026

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