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Pequeños sobreentendidos

Me miró e hizo un gesto leve de asentimiento. Bueno, en realidad no fue tan leve, fue bastante contundente, como para no dejar ningún margen de duda: Te estoy haciendo un gesto de asentimiento. Lo primero que pensé fue: Que gesto más sólido, hasta parece haberlo ensayado. Después de ese lapsus, caí en la cuenta que me lo estaba haciendo a mí. Y yo que no soy el tipo más despierto del mundo, giré la cabeza para ver si había alguien más atrás mio: No había nadie. En ese paraje, en el lejano oeste, o como le dice la gente local: Rafael Castillo, solo estábamos él y yo. Volví a mirarlo. A él y a su entorno, a su circunstancia. A su todo, a ver si podía entender qué corno me estaba queriendo decir, sin emitir sonido. Porque él no dijo ni mu, solo asintió y lo dio por hecho. Así que si alguien estaba fallando en esta conversación, era yo. De pronto, la luz. No se cómo fue que sucedió pero lo entendí. Era evidente hasta para mí. ¡Claro! Casi salto de emoción por haber descifrado el código per...

A veces

A veces me lo pregunto cuando estoy en el super, mientras comparo precios de potes de dulce de leche. A veces mientras camino, entre un tumulto de gente apurada por llegar a un trabajo que posiblemente deteste. Otras veces me lo pregunto mientras desayuno. Unos mates, unas facturas y tu recuerdo. A veces me lo pregunto mientras tomo sol en el patio o mejor dicho, mientras finjo tomar sol en el patio, porque no hay nada más aburrido que eso. Así que mientras el sol hace su trabajo, yo concentrado, me lo pregunto. En algunas ocasiones me lo pregunto mientras recaliento comida en el microondas, esperando que tenga el mismo sabor que supo tener.  No es que sea una pregunta que me altera la vida, no vayas a creer eso. Es un momento fugaz, efímero. Impredecible e incontrolable. Por momentos estoy jugando al tenis. Tal vez en el punto del partido, donde un error o un segundo de inspiración pueden marcar la diferencia, tal vez en ese momento puntual y decisivo, me lo pregunto. Viendo una p...

El engaño

Diez años de casados. Hijos. Sueños perdidos y este desgraciado me engañó con alguna chiruza. Lo confronté y lo negó, por supuesto. El siempre dijo que esas cosas había que negarlas hasta el lecho de muerte, donde uno puede ser estúpido y sincero porque no hay un mañana del cuál preocuparse. Así que lo negó durante meses. Sin embargo yo lo sabía. Bah, para ser honesta no es que realmente lo sabía: Lo deduje porque lo intuía. Soy de esas personas que confían en su intuición, sobretodo porque no me falla. Jamás. Y yo lo intuía. Empecé a sospechar en una de esas aburridísimas cenas con sus amigos de toda la vida, donde hablaban del pasado  como si hubiesen tenido una vida feliz antes de conocer a sus respectivas mujeres. Un idiota que se creía un Don Juan, cuál regalo del cielo cómo se autodenominó en alguna ocasión, sacó el tema de que nadie, pero nadie, era fiel luego de diez años de matrimonio. Las risas cómplices de todos esos orangutanes me prendió una lucecita de alarma. Después...

La fiesta de los Arroyo

¡¡Me llegó la invitación!! No puedo más de la emoción. Se comentaba por el pueblo que ya las estaban mandando y si no te llegaba por estos días estabas frito. Es el acontecimiento del año, no, que digo del año. ¡Es el acontecimiento de la década! Esta fiesta se hace cada diez años, es una excentricidad de los Arroyo, que para nosotros son como los Roquefeller. Imaginense el revuelo que hay en este pueblito en el medio de la nada cuando llega la fecha de la fiesta. Somos la envidia de todos las localidades vecinas, que se esmeran en atraer turismo como sea. Nosotros tenemos esto y tiene alcance, no solo provincial y regional, sino que nacional. Las cadenas más importantes de la Gran Capital vienen a cubrir este evento. Es que los Arroyo son una de las familias más acomodadas del país, si si, así como lo escuchan. Y como no olvidan sus orígenes, dejaron una mansión acá y una vez cada diez años hacen esta fiesta para que durante un fin de semana se hable de nosotros a lo largo y ancho del...

La apuesta

-La panamericana es un caos!! Siempre es un caos. Siempre hay un boludo al que se le queda el auto y nos jode el día. Esa era la queja cotidiana de Miguel. Todos los días la misma historia. No era que lo enojaba, era más como ya parte de una tradición. Para llegar a su trabajo tenía que cruzar toda la panamericana y para volver también, como muchísima gente de la ciudad. La Panamericana tenia un montón de carriles de ida y vuelta pero la gente se las arreglaba para que ese trayecto fuese un infierno. Choques y autos descompuestos eran los incidentes más comunes. El tuerto había escuchado esa queja de Miguel durante años y años, hasta que un día decidió hacer algo al respecto. -Te apuesto a que el Miércoles no se queda nadie en la Panamericana. -¿A vos te gusta perder plata por algo en particular? ¿Lo deducís de impuestos o sos sencillamente un boludo? -¿Te animas o no? Una luca. -Nunca he ganado plata tan fácil. ¿Cuál es la trampa? ¿Tenes un billete de una luca falso y no sabes ...

El Cuaderno

Lo encontró cuando volvía a su casa luego de que una banda de malvivientes le hubiese robado y golpeado salvajemente. Estaba ahí, esperándolo, como si algún ser divino lo hubiese dejado olvidado en ese preciso lugar para que justo él lo encontrara. ¡En ese momento! ¡Estando tan vapuleado!. Quizás en otra circunstancia lo hubiese dejado en el mismo lugar donde lo encontró, sin darle mayor importancia pero algo hizo que su vista se fijara específicamente en ese cuaderno, acomodado prolijamente sobre un container de basura. Parecía un anotador tradicional, en la tapa no pudo leer ninguna inscripción. Cuando lo hojeó se encontró con una lista de instrucciones para su uso. Instrucciones. La curiosidad lo atrapó. Según lo que explicaba parecía ser una suerte de cuaderno mágico en el cual uno ponía el nombre y apellido de una persona. Ese individuo fallecía de un ataque cardíaco al pasar un minuto. Demasiado sencillo. Había varias páginas explicando como utilizarlo para muertes más trágic...