Si yo te gustara




—¿Qué apostamos? —preguntó él, apoyándose contra el poste de la esquina.

Ella miró hacia la calle, como si estuviera evaluando seriamente las posibilidades.

—Si yo gano, quiero que corras una vuelta a la manzana —dijo finalmente.

Él levantó las cejas, divertido.

—Eso lo podría hacer sin apostar nada —respondió, encogiéndose de hombros.

Ella lo miró de arriba abajo.

—Desnudo.

Él soltó una pequeña carcajada.

—Ah... Pero no pienso perder, así que está bien —contestó, con una seguridad que parecía más provocación que confianza.

Ella sonrió de costado.

—¿Vos qué vas a apostar si ganás?

Él se tomó unos segundos. La miró, recorriéndola con la vista como si estuviera considerando seriamente qué podía pedirle.

—Si yo gano...

Ella levantó inmediatamente un dedo, amenazándolo.

—No te zarpes, eh.

Él sonrió.

—Si yo gano, salimos.

Ella dejó caer la mano y lo miró con una mezcla de fastidio y resignación.

—¿Otra vez? Ya salimos una vez. No me gustás.

—Esta vez le vas a poner onda. Como si yo te gustara —dijo él, como si acabara de encontrar una solución perfectamente razonable.

Ella soltó una risa seca.

—No vamos a chapar.

Él negó con la cabeza.

—No quiero eso.

—Y menos que menos nos vamos a acostar —agregó ella, mirándolo con seriedad para asegurarse de que hubiera entendido.

—Tampoco quiero eso. La vez que salimos fue un embole —dijo él, sin apartar la mirada.

Ella cruzó los brazos.

—Porque no me gustás —contestó, tajante.

Él inclinó apenas la cabeza.

—Porque no te gusto. Si yo te gustara, no hubieses estado toda la cita chateando con gymbros en Tinder y mirando el reloj cada diez segundos esperando que terminara.

Ella abrió la boca, indignada.

—No fue una cita —se defendió.

Él sonrió, como si hubiera estado esperando exactamente esa respuesta.

—Te vestiste, te pintaste...

Ella apartó la mirada.

—Eso no es una cita —insistió, aunque esta vez su voz sonó un poco menos segura.

Él se inclinó ligeramente hacia ella.

—Y me dedicaste un sábado.

Ella lo miró.

—...Bueno. Fue una cita.

Ella lo admitió casi a regañadientes, como si las palabras le hubieran costado más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—Gracias.

Él sonrió, satisfecho, como si acabara de ganar una discusión mucho más importante que la que estaban teniendo.

—Pero fue un embole.

La sonrisa se le borró apenas.

—Porque no te gusto.

—¡Porque no me gustás!

Ella lo señaló con el dedo, como si necesitara dejar ese punto absolutamente claro.

—Esta vez le vas a poner onda.

—¡Si ganás!

Él levantó las manos, divertido ante su indignación.

—Si gano, le vas a poner onda. Quién sabe, quizás hasta te divertís.

Ella puso los ojos en blanco.

—Me divertiría más salir con uno de esos gymbros.

Él hizo una mueca de resignación y miró hacia otro lado.

—Listo. No apostemos nada.

Ella tardó apenas un segundo en responder.

—No, no. Apostemos. Quiero verte correr en bolas por el barrio. A ver si te ve alguna amiga de tu madre. ¿Te imaginás?

Él volvió a mirarla y negó lentamente con la cabeza, entre divertido y ofendido.

—Mirá que sos...

Ella se acercó un poco, desafiante.

—¿Qué?

Él la observó durante un instante. Parecía estar a punto de responderle algo, pero finalmente decidió guardárselo.

—Nada. Está bien. Hoy no voy a perder.

Ella entrecerró los ojos.

—Lo decís como si tuvieras algún truquito preparado.

Una sonrisa apareció lentamente en la cara de él.

—Pero claro que tengo algo preparado. No voy a dejar librada al azar la cita con vos.

Ella abrió los ojos.

—¡Que no es una cita!

Él se encogió de hombros, completamente convencido de su argumento.

—Si me dedicás un sábado, es una cita.

Ella resopló y cruzó los brazos.

—Igual no vas a ganar.

—Ya veremos. Bueno... ¿Qué viene primero?

Ella miró hacia un lado y después hacia el otro, estudiando la calle con una seriedad exagerada. Finalmente señaló con la cabeza hacia la esquina.

—Mmm... un auto negro.

Él soltó una pequeña risa.

—Si yo te gustara, hubieses dicho... no sé, un tractor.

Ella giró la cabeza hacia él.

—Pero no me gustás.

—Y como no te gusto, dijiste lo que es más probable que venga.

—Exacto.

Él asintió lentamente, como si acabara de descubrir algo importante.

—Pero...

Ella lo miró con desconfianza.

—¿Pero?

Él se quedó mirando hacia la calle.

—Lo primero que va a aparecer es...

Ella volvió a mirarlo, intrigada.

—¿Un tractor?

Él sonrió.

—No. Miguel tiene una camioneta. Así que va a aparecer, ni más ni menos, que una camioneta.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver Miguel?

Él sacó el celular del bolsillo y lo miró apenas, intentando disimular una sonrisa.

—Le dije que se pusiera a la vuelta y esperara mi señal. Señal que acabo de darle. En cinco segundos debería aparecer.

Ella lo miró en silencio durante un segundo. Después abrió la boca, incrédula.

—Sos un hijo de puta.

Dicho y hecho. A los cinco segundos apareció la camioneta verde y destartalada de Miguel, tocando la bocina y haciendo luces a más no poder. Miguel, desde el volante, levantó una mano a modo de saludo antes de desaparecer por la esquina.

Ella se volvió hacia él, todavía con la mirada clavada en la camioneta.

—¡Eso fue trampa! ¡Sos un desgraciado!

Él se encogió de hombros, con una tranquilidad irritante.

—Si yo te gustara, esto te hubiera parecido encantador.

Ella soltó una carcajada incrédula.

—¡Pero no me gustás!

—Te paso a buscar el sábado a las ocho para la cita.

Ella lo miró fijamente.

—Que no es una...

Él ya estaba caminando hacia la otra esquina.

—A las ocho.

Ella se quedó quieta, observándolo alejarse.

—...cita.

Unos días más tarde, en esa misma esquina, se encontraron nuevamente.

—Al menos admití que te divertiste. Nada más te pido.

Ella suspiró. Un suspiro largo, de esos que se guardan desde el mediodía.

—Bueno, sí. Me divertí. ¿Contento?

Él se mordió el labio para frenar una sonrisa que se le desbordaba de los ojos.

—La verdad que sí. Sos un sueño. Se sintió lindo verte interesada y poniéndole onda, aunque haya sido por una simple apuesta.

Ella desvió la mirada hacia la calle. Había algo en la manera en que él lo decía —sin ironía, sin la protección habitual del chiste— que la incomodaba más que cualquier provocación.

—Me choca que seas tan cursi. Dios mío.

—Si yo te gustara, te parecería divino que sea tan romántico.

Ella hizo una mueca, pero no pudo evitar que se le escapara una sonrisa mínima, casi clandestina. Él la vio. Por supuesto que la vio. Y, por una vez, tuvo la delicadeza de no señalarla.

—Sí, eso. Bueno. ¿Qué vamos a apostar hoy?

Él enderezó la espalda y la miró, sorprendido.

—¿Otra vez querés apostar?

—Mirá, no voy a parar hasta verte correr en bolas delante de la gente.

—Hoy no puedo apostar eso —dijo él, y el tono bajó, se volvió más serio.

—¿Por qué?

Él bajó la mirada un instante, como si estuviera eligiendo bien las palabras, antes de volver a mirarla.

—Porque no tengo nada preparado. No. No puedo seguir consiguiendo que salgas conmigo con trucos baratos. Ya está.

Ella lo miró fijo. El viento movió un mechón de su pelo y ella no se lo apartó.

—¿Ya está?

Él asintió lentamente.

—Quería ver cómo eras en una cita con alguien que te gustara. Ya está.

Ella sostuvo la mirada. Por un momento pareció que iba a decir algo filoso, pero no. En cambio, preguntó con una voz más baja:

—¿Y qué viste?

—Que podés divertirte conmigo.

Ella sonrió apenas y bajó la mirada, como si de pronto la calle se hubiera vuelto demasiado interesante para seguir mirándolo.

—No te emociones —dijo mientras fingía patear una piedrita que no estaba ahí.

—Un poco tarde.

—Entonces, ¿no querés apostar?

—Sí, apostemos. Pero correr desnudo no hay manera.

—¿En boxers te parece aceptable?

—Mejor, sí. Te veo tan decidida que presiento que tenés algo preparado.

—¿Yo? No soy esa clase de gente. Cuando gano, gano en buena ley. No necesito camionetas prestadas. En cambio, otros...

—Bueno. Si yo gano, salimos. Pero esta vez no te voy a pedir que le pongas onda. Esta vez hacé lo que tengas ganas.

—¿Me vas a llevar otra vez a ese restaurante romántico?

—Restaurante romántico, te divertiste... Decí que no te gusto, porque hasta podría pensar que fue una buena cita.

—Callate, ¿querés?

—Entonces, si gano yo, salimos.

—¿Y si gano yo?

—Una vuelta a la manzana en boxers.

—Trato hecho.

—¿Qué viene primero?

—Ya que esta vez no vas a hacer trampa, elegí vos primero.

Él miró hacia la calle.

—Para mí, lo primero que va a venir es un auto negro.

Ella lo miró.

—¿Auto negro?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque es lo más probable.

—Porque te gusto y querés ganar.

—Lo veo venir y todo.

Ella sacó el celular.

—¿Qué hacés?

—Nada. Estoy mandando una señal.

De un plumazo borró todas las apps de citas. Él la miró, pero no dijo nada. Cuando terminó, guardó el celular.

—Bueno —dijo ella—. Ahora elegís vos.

—¿Yo? Si ya elegí.

—¿Qué elegiste?

—Un auto negro.

—Ah, cierto.

Ella miró hacia la calle.

—Bueno. Entonces ahora me toca a mí.

Él sonrió.

—Si yo te gustara, podrías decir tractor.

—¿Otra vez con el tractor?

—Es un buen tractor.

—Es un tractor.

—Y la otra vez funcionó.

—La otra vez hiciste trampa.

—Detalles.

Ella lo miró.

—Un submarino.

—¿Un submarino? —repitió él, incrédulo.

—Sí. Lo veo venir y todo.


DARIO BESADA

18/08/2026

EDAD: 43 AÑOSS

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