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Odisea en el exterior

Abrí los ojos y era relativamente tarde. No es que ya habíamos perdido la cita para hisoparnos pero me pareció muy extraño que mi hermano no me haya despertado. Salí de mi habitación chocándome con todo. Mis reflejos aún estaban dormidos. Estaba por llegar a su habitación cuando de pronto tuve algo así como una revelación; Estaba muerto. Lo pude sentir desde el otro lado de la puerta. Debió ser algún efecto secundario de la vacuna contra el Covid que nos dimos ayer. Yo pasé una noche pésima, con mucha fiebre, tiritando de frío por momentos y en otros transpirando como si estuviese en un sauna. Ahora tenia que decidir como le daba esta información a mi mamá, que su hijo había fallecido en un país extranjero. Si no se moría de un ataque cardíaco en ese mismo instante, iba a tomarse un avión para acá, costase lo que costase.  Yo estaba devastado, jamás pensé que este viaje iba a terminar de esta manera. Me tiré en el sillón de living a llorarlo y a pensar como comunicar la noticia. La...

Desestabilizando el sistema

 Entré al local y creo que los perdí. Me parece que lo saben y tal vez los perdí. Aunque no puedo estar muy seguro, tienen la extraña habilidad de aparecer en los lugares más insólitos. El problema es que los agentes del disgusto (ADD) son fácilmente identificables entre la multitud. Tienen un gesto particular que los delata. Te pueden poner cien personas delante y sin esfuerzo vas a poder identificar todos los ADD. Desde que empezó esta nueva modalidad de gobierno los entrenan en academias especializadas pero nunca pudieron ocultar ese gesto. Por eso viven en las penumbras tratando de no ser descubiertos. De todas maneras tienen miles de informantes, se comenta que pagan muy bien. Así que uno nunca está realmente a salvo de sus ojos. Cualquier amigo, hermano, vecino te puede vender a cambio de un mejora brutal en su calidad de vida. No sé cómo fue que se enteraron, pero lo deben saber. Alguien me delató y ahora es cuestión de tiempo para que me detengan y me manden al centro de i...

Pequeños sobreentendidos

Me miró e hizo un gesto leve de asentimiento. Bueno, en realidad no fue tan leve, fue bastante contundente, como para no dejar ningún margen de duda: Te estoy haciendo un gesto de asentimiento. Lo primero que pensé fue: Que gesto más sólido, hasta parece haberlo ensayado. Después de ese lapsus, caí en la cuenta que me lo estaba haciendo a mí. Y yo que no soy el tipo más despierto del mundo, giré la cabeza para ver si había alguien más atrás mio: No había nadie. En ese paraje, en el lejano oeste, o como le dice la gente local: Rafael Castillo, solo estábamos él y yo. Volví a mirarlo. A él y a su entorno, a su circunstancia. A su todo, a ver si podía entender qué corno me estaba queriendo decir, sin emitir sonido. Porque él no dijo ni mu, solo asintió y lo dio por hecho. Así que si alguien estaba fallando en esta conversación, era yo. De pronto, la luz. No se cómo fue que sucedió pero lo entendí. Era evidente hasta para mí. ¡Claro! Casi salto de emoción por haber descifrado el código per...

A veces

A veces me lo pregunto cuando estoy en el super, mientras comparo precios de potes de dulce de leche. A veces mientras camino, entre un tumulto de gente apurada por llegar a un trabajo que posiblemente deteste. Otras veces me lo pregunto mientras desayuno. Unos mates, unas facturas y tu recuerdo. A veces me lo pregunto mientras tomo sol en el patio o mejor dicho, mientras finjo tomar sol en el patio, porque no hay nada más aburrido que eso. Así que mientras el sol hace su trabajo, yo concentrado, me lo pregunto. En algunas ocasiones me lo pregunto mientras recaliento comida en el microondas, esperando que tenga el mismo sabor que supo tener.  No es que sea una pregunta que me altera la vida, no vayas a creer eso. Es un momento fugaz, efímero. Impredecible e incontrolable. Por momentos estoy jugando al tenis. Tal vez en el punto del partido, donde un error o un segundo de inspiración pueden marcar la diferencia, tal vez en ese momento puntual y decisivo, me lo pregunto. Viendo una p...

El engaño

Diez años de casados. Hijos. Sueños perdidos y este desgraciado me engañó con alguna chiruza. Lo confronté y lo negó, por supuesto. El siempre dijo que esas cosas había que negarlas hasta el lecho de muerte, donde uno puede ser estúpido y sincero porque no hay un mañana del cuál preocuparse. Así que lo negó durante meses. Sin embargo yo lo sabía. Bah, para ser honesta no es que realmente lo sabía: Lo deduje porque lo intuía. Soy de esas personas que confían en su intuición, sobretodo porque no me falla. Jamás. Y yo lo intuía. Empecé a sospechar en una de esas aburridísimas cenas con sus amigos de toda la vida, donde hablaban del pasado  como si hubiesen tenido una vida feliz antes de conocer a sus respectivas mujeres. Un idiota que se creía un Don Juan, cuál regalo del cielo cómo se autodenominó en alguna ocasión, sacó el tema de que nadie, pero nadie, era fiel luego de diez años de matrimonio. Las risas cómplices de todos esos orangutanes me prendió una lucecita de alarma. Después...

La fiesta de los Arroyo

¡¡Me llegó la invitación!! No puedo más de la emoción. Se comentaba por el pueblo que ya las estaban mandando y si no te llegaba por estos días estabas frito. Es el acontecimiento del año, no, que digo del año. ¡Es el acontecimiento de la década! Esta fiesta se hace cada diez años, es una excentricidad de los Arroyo, que para nosotros son como los Roquefeller. Imaginense el revuelo que hay en este pueblito en el medio de la nada cuando llega la fecha de la fiesta. Somos la envidia de todos las localidades vecinas, que se esmeran en atraer turismo como sea. Nosotros tenemos esto y tiene alcance, no solo provincial y regional, sino que nacional. Las cadenas más importantes de la Gran Capital vienen a cubrir este evento. Es que los Arroyo son una de las familias más acomodadas del país, si si, así como lo escuchan. Y como no olvidan sus orígenes, dejaron una mansión acá y una vez cada diez años hacen esta fiesta para que durante un fin de semana se hable de nosotros a lo largo y ancho del...